lunes, 9 de junio de 2014

Extraterrestre

Ella no es real. No es de aquí. Debo haberla imaginado.

Rebecca tiene los ojos más azules que el azul más claro que haya visto jamás. Tan desconcertantes que no me sale poesía al mirarlos. Sólo balbuceos sin sentido. Frases parvularias. Ridículos dialécticos.

Ese extraño peinado, tan vintage, tan Marylin. Pero con ese color tan Rita. Tan malditamente Rita, tan puñeteramente provocador como el del alma de Gilda, que no podía ser otra, que nació para encarnar un personaje tan encantadora y aterradoramente perfecto, complejo, como lo es mi Rebecca.

Bajo esos ojos asediados por infinitas lanzas, pestañas vigilantes que me mantienen alejado a la distancia justa de un suspiro... Su boca.

Color discreto, pero inevitable objeto de deseo. Como lo es la muerte para quien lo ha perdido todo y ya no tiene a qué aferrarse. O tal vez si. Tal vez vivir prendado de las comisuras de sus labios sea la única cárcel que merece la pena. La única condena a muerte que aceptaría con una sonrisa, el único dolor soportable por este mendigo de besos que se sabe enfermo terminal.

Es tan perfecta que ridiculiza la existencia del resto de seres. No es de aquí, es lo que deben llamar ángel. Arte. Poesía.

Mi vida ahora es tan absurda que quiero morir, que quiero darle un beso para poder elevarme sobre esos meros mortales que no la conocen. Quiero tocar las puertas del cielo, aunque desde allí caiga al infierno a expiar todos los pecados que he cometido. Aunque no vuelva a abrir los ojos. Ni vuelva a respirar. Ni mi corazón vuelva a latir.

No importa, porque sin ella mi vida no tendría sentido. No lo ha tenido. Matame Dios. Llevame. No quiero esta tierra si no es con ese angel.

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